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»Luego… Luego, mi hijita debía morir. ¡Dios mío! —clamaba yo rompiéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena—. ¿Es posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la muerte de su hija, le niegue las fuerzas para evitarla?

»—Es inútil cuanto hagas.

»¡Oh, no se ha inventado tormento mayor que el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente?

»¡De accidente!

»Tuve la seguridad de ello antes de oír las palabras:

»—Morirá por accidente.

»¡Oh! Abrevio, doctor… Salíamos antes todas las tardes. Dejamos de salir. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de los muebles. Golpeé horas enteras las paredes. Hice sacar de casa todo lo que no ofrecía completa seguridad. En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado para otro, con el corazón ahogado en presagios. Revisaba una y cien veces lo que había examinado ya.

»Me sentía totalmente vacía de todo. Dentro de mí no había más que espanto y terror, a los que obedecían como autómatas mis impulsos. Tenía a mi nena constantemente a mi lado, bajo la triple salvaguardia de mi corazón, de mis ojos y de mis manos.


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