Más alla
Más alla »Un mes entero duró este estado de angustia. Una noche, cuando comenzaba a pensar por millonésima vez en los entrañables cuidados de que rodearÃa siempre a mi nena, en ese momento oà nÃtidamente estas palabras:
»—No tendrá necesidad.
»¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que se desvela por la dicha de su hijita percibir una voz que le advierte que cuanto haga por conseguirlo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a mis sueños truncos, y mi tristeza mortal. Dentro de mà misma, para que fuera más irrecusable, la voz hallaba eco y me advertÃa que mi hija no tendrÃa necesidad…
»¡Porque morirÃa!
»¡Oh, Dios! ¡Morir, nuestra hijita, cuando su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh, no, no! ¡Yo me rebelé, doctor! ¿Qué me importaba que una voz me anunciara su muerte, si yo me atrevÃa a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos?
»Desde ese instante mi existencia no fue sino una pesadilla de terror, sin más motivos de existir que la defensa desesperada de la vida de mi nena. ¡Yo te vigilaré! —me gritaba a mà misma—. Y en el preciso instante, desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino, la voz acentuaba su advertencia, diciéndome:
»—Es inútil cuanto hagas.