Más alla
Más alla »SÃ, extremo cansancio… Le he explicado a usted, doctor, cómo me sentÃa entonces. Me reponÃa por fuera, me hallaba menos delgada y con mejor semblante; pero en el fondo de mis esperanzas algo iba muriendo, extenuándose dÃa tras dÃa. PerdÃa, a poco de comenzar a tejerlos, el hilo de mis ensueños de dicha, y quedaba inerte, con la cabeza caÃda y mortalmente cansada, como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita y helada vaciedad. A veces, no sé de dónde, me parecÃa percibir, apenas sensible, por la distancia, una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. ¡Me sentÃa tan, tan fatigada!
»No podÃa soñar más con el porvenir, sin que la tristeza de la nada, de la horrible esterilidad de mis fuerzas, me helara el corazón. ¿Por qué? No existÃa, no, ninguna razón para sufrir asÃ. Allà estaba mi adorada nena, cada dÃa más sana y alegre. Nada nos faltaba, ni podÃa faltarnos, dada nuestra posición. ¡No, nada! Y estrujando a nuestra hija en mis brazos, sabÃa bien que el porvenir era todo nuestro. Yo se lo habÃa jurado a mi marido.
»El porvenir… Mas apenas comenzaba a forjar un sueño de felicidad para mi hija, el ensueño se helaba —¡oh, con qué horrible frÃo!—, como si el amor de su padre y el mÃo no fueran bastante para alimentarlo. Y caÃa abatida en profundo desaliento.