Pasado amor

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XXX

Esa misma noche Morán montaba guardia ante la ventana hasta las doce de la noche; pero Magdalena no se asomó.

Desde los días anteriores a su ausencia, Magdalena había pedido a Morán que dejara los tubos al pie del último poste de la quinta, y alejado, por consiguiente, cincuenta metros de la casa.

Nunca supo Morán cómo Magdalena, bajo el espionaje de una perfecta inquisición, alcanzaba caminando hasta allí, cómo se bajaba sin despertar sospechas, y cómo disimulaba los tubos, una vez recogidos. Algunos de éstos eran muy gruesos, pues Morán no escribía brevemente a su amada.

A las ocho o nueve de la noche, ahora, Morán dejaba su carta y recogía la de Magdalena. Se escribían así todos los días, y Morán leía en el bar la carta de aquélla, disimulándola en su libreta de fórmulas y apuntes. Allí mismo, aislado en una mesita, escribía la respuesta.

Morán no estaba seguro de que su leer y escribir noche a noche no provocara algún cambio de miradas de los contertulios, entre los que se contaban a veces Salvador y Pablo. Pero a éstos no les era fácil adivinar los secretos buzones de su correspondencia, y en cuanto a los otros, le tenía a Morán sin cuidado lo que pudieran pensar.


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