Pasado amor

Pasado amor

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—Estoy segura también. ¡Oh, Morán!, usted no puede apreciar los tormentos de todo orden a que se somete a esa pobre criatura. Es menester que tenga una voluntad de acero —esa voluntad que usted le niega— para resistir la presión de todos los días, de todas las horas y de todos los instantes. No violencia, no; pero si habla a un hermano, éste no contesta; si se dirige a su cuñada, ésta no oye; si se aproxima a su madre, ésta se echa a llorar. ¡Y sin decirle jamás una palabra! Usted sabe que Magdalena tiene veneración por su madre. Aprecie usted lo que es vivir así día a día, aprovechando la noche para llorar a solas en la cama… Y todo porque hay un señor Morán que aprieta los dientes hasta rompérselos cuando Magdalena no le sacrifica riendo a su familia…

—Soy un miserable —apoyó Morán.

—No tanto… Pero descierre por favor las mandíbulas, Morán. No se haga demasiados reproches. Yo quisiera saber qué persona, con la educación que ella tiene, hubiera luchado como Magdalena.

—¡Usted es un encanto, Inesita!

—Y para que lo crea más aún, le diré esto: Magdalena lo espera pasado mañana en la ventana, a las nueve en punto. Usted ha ido algunas noches a caballo por allá, ¿no?

—Sí; pero lo dejaba en el monte. Mi caballo queda donde yo lo dejo.


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