Pasado amor

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XXXIV

Día a día veía Morán avanzar a su amada en la senda de la independencia y de la voluntad. Algo había contribuido a ello: los Iñíguez, vista la inutilidad de su obra, habían devuelto su amistad a los Ekdal. Morán puso a Inés en antecedentes de ciertos números y palabras cabalísticas que enunciados como al descuido delante de Magdalena, advertían a ésta de la complicidad de su interlocutor; y gracias a ellos la joven tuvo ocasión de ponerse bellamente pálida, la tarde en que Inés, hablando de su marido, contó ante los Iñíguez que había encontrado «veinticuatro» huevos de tal cual culebra…

Magdalena, casi espantada, fijó sus ojos en Inés, y ésta le hizo una imperceptible guiñada.

Cuando Inés concluía de informar a Morán del gran ánimo que demostraba ahora su novia:

—¡Inés: esta vez Magdalena es mía! —dijo Morán entusiasmado.

—Es suya —respondió la joven—, pero debe tenerla.

—La tendré.


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