Pasado amor

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XXXVII

¡Feliz! Morán sentíase feliz, con la dicha más grande que puede colmar la existencia: la posesión inmediata y profunda, eterna y livianísima, de una criatura cuya vida no ha tenido otro destino que constituir el gran amor de ese hombre.

Incertidumbre sobre el débil carácter de Magdalena, desaliento ante sus dobles juegos de conciencia: todo esto no había sido sino una remota exageración de su enfermiza sed de análisis.

¡Su Magda! ¡Pura y espontánea, aliento y calma de su existir! ¡Qué deseos de abrazarse a sus rodillas y pedirle perdón, entregándole todo lo que un hombre, por única vez en su vida, entrega sin reservas en esa actitud!

Pero no debía perder un instante.

Estoy decidida a todo —habíale escrito ella—. Sé que Dios me perdonará lo que hago.

Ekdal había ido a lo de Iñíguez en nombre de Morán.

—Están dispuestos —informó luego a su amigo—, pero no desean que usted vea a Magdalena antes de la ceremonia. Insisten en eso.

—Bien —dijo Morán—. Daría mil años por verla antes… Pasemos. ¿Les dijo que deseaba casarme el lunes próximo?

—Sí.


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