Pasado amor
Pasado amor En efecto, volvía ella a ver cruzar ante sí al hombre de camisa arremangada hasta el codo y de botas, de cuyo continente podía decirse que «no admitía réplica». En los primeros tiempos de prestar servicios en la casa, Aureliana se atemorizó no poco ante el aire de su patrón, que no era de altivez ni de orgullo, y sí apenas de impasible seguridad. Era todo él, semblante, estatura y paso, la expresión acabada del carácter. Chacoteaba y reía como todo el mundo; pero aun riéndose, se notaba que aquel hombre lo hacía por un motivo cabal, sin que la risa le hiciera perder un átomo de su personalidad. Su rostro, diaria y prolijamente afeitado, fuerte de mentón, acentuaba esta impresión de energía con sus duras líneas de efigie antigua. Pero la característica de su persona era el contraste que ofrecía la dureza de su expresión en conjunto, con la suavidad de su mirada. Causaba asombro ver sonreír por primera vez a Morán; cualquier cosa podía esperarse de aquel hombre tallado física y moralmente en acero, menos la dulzura de sus ojos cuando sonreía. Y esto, si se pensaba en lo poco agradable que debían ser aquellos mismos ojos dominados por la ira, explicaba en gran parte la singular atracción que ejercía Morán sobre aquéllos a que alcanzaba su órbita de influencia.
Aureliana, naturalmente, la había sentido, dejándose arrastrar por ella con los ojos cerrados.