Pasado amor
Pasado amor Las mismas brusquedades de Morán, muy duras de soportar a veces, parecían indispensables y justas en su patrón.
También la sentían sus chicas. Inmóviles y mudas cuando él las hallaba en su camino o les dirigía la palabra, no apartaban sus ojos de los suyos, a la espera del menor indicio de broma; y apenas la gravedad de aquella expresión se disolvía en la sonrisa que conocemos, las criaturas resplandecían de felicidad, sintiéndose ampliamente pagadas, con ése solo instante, de la dureza habitual en su patrón.
En el taller, y por primera vez desde que franqueara el molinete, Morán se sintió en su casa. Aquello era suyo, sin mezcla alguna de afectos. Todo le hablaba a él solo, sólo a él recordaba. Y su alma, a la vista del banco de carpintero, de la mesa de mecánica, de su horno, acababa de abrirse en una sonrisa semejante a la de su rostro. Aquellas herramientas manchadas de su sudor le habían esperado fieles, y a él solo, colgadas en sus ringleras para comenzar de nuevo el trabajo.
Pero si las de carpintería permanecían en su lugar, no pasaba lo mismo con las herramientas de mecánica, que se entrecruzaban hacinadas en un rincón de la mesa.
—Yo las descolgué, señor —explicó Aureliana—, a causa de las goteras.