Pasado amor

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—Pero yo dejé tachos sobre la mesa —advirtió Morán.

—Sí, señor, había, pero los ratones los cambiaban de lugar por la noche. Hay demasiados, señor. Entonces descolgué las herramientas y las junté en un rincón.

Morán echó una ojeada al techo, cuya primera cubierta de tablillas, revestida luego de chapas coloradas, le recordaba no pocas desazones.

En efecto, las ratas —o ratones, como dicen allá— se guarecían en el espacio que mediaba entre ambos techos, mal ajustados, al punto que la guerra sin cuartel declarada por Morán a las ratas se había estrellado siempre contra esa trinchera en lo alto, que iban a reforzar sus muestrarios de arpilleras teñidas, y sus papeles y cuerdas de amianto.

—¿Y el mate, señor?

—No, gracias; no tengo ganas. Haga traer café del boliche, y tuéstelo. Cuando vuelva me lo prepara.

Y con sus ahumados anteojos de carrera que Morán solía usar en las horas de gran luz, bajó la ladera del cerro costeando el bananal y entró en el monte, gozando nerviosamente la delicia de sentir de nuevo su mano adherida al puño del machete.


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