Pasado amor
Pasado amor Caía ya la noche cuando Morán salió del bosque, la frente sudorosa y los anteojos en la mano. Durante tres horas habíase sentido feliz, a modo de un animal prisionero a quien se suelta por fin en su cueva, y que después de tres horas de deliciosos roces en la oscuridad, asoma la cabeza a olfatear la selva.
La naturaleza de Morán era tal, que no sentía nada de lo que una separación total de millones de años ha creado entre la selva y el hombre. No era en ella un intruso, ni actuaba como espectador inteligente. Sentíase y era un elemento mismo de la naturaleza, de marcha desviada, sin ideas extrañas a su paso cauteloso en el crepúsculo montes. Era un cincosentidos de la selva, entre la penumbra indefinida, la humedad hermana y el silencio vital.
Habíase reencontrado. Ascendía ahora a lento paso la falda del cerro dorado por los últimos rayos de sol, y cuando llegó a su casa vio, como en los tiempos que era soltero, la mesita puesta en medio del patio de arena, bien destacada a esa hora por el macizo de bambúes que le servía de fondo.
—Ya está la comida, señor —salióle al encuentro su sirvienta—. Pero si quiere el café ahora mismo, tengo el agua bien hirviendo…
—Después, Aureliana.
—Ya está pronto el baño. ¿Vio el yerbal, señor?