Pasado amor
Pasado amor Cuando llegó Morán al galpón, ella estaba ya a su lado.
—Deje, señor, yo desensillo el caballo… Qué lluvia…
—Bueno, Aureliana, hágame el favor. Después me prepara una taza grande de café y me la lleva a mi cuarto.
Y tiritando como si hiciera mil años que se helaba, Morán atravesó el patio sonante de agua, cambióse únicamente de camisa, y se tiró con las mantas encima.
Cuando media hora más tarde Aureliana llamaba a la puerta, Morán se puso en pie de un salto. Bebió el café en tres sorbos, y poniéndole la mano en el hombro a su sirvienta, le habló asÃ:
—Aureliana, yo no me caso ya. Me voy siempre mañana, pero en el vapor de la carrera. Cuando venga, pues, el carrero a mediodÃa, haga cargar el equipaje, y que me lo pongan a bordo de la lancha. Las órdenes que le di, son las mismas siempre. Yo no sé cuándo le escribiré. Si algo pasa escrÃbame a la dirección que le dejo ahà en la mesa. Eso es todo. Y ahora, Aureliana, vaya a acostarse —concluyó con una débil sonrisa, palmeándole ligeramente el hombro.
—Patrón… —comenzó, y se detuvo la mujer.
—Vaya, Aureliana.
—Bien, señor…
Pero deteniéndose aún: