Pasado amor
Pasado amor —Yo no creÃa, don Morán… que lo quisiera a usted tanto… Yo la veÃa triste, callada… Callada también para mÃ… Ayer lo mandó buscar… usted no vino. Ella sabÃa que usted se casaba… Pero recién ayer supo que usted se iba… y le escribió. Yo creo, don Morán… usted es un hombre, y sabe lo que hace… Pero yo creo… que si usted hubiera venido… un momento nada más a verla… ¡mi pobre hijita vivirÃa todavÃa!…
Hay sufrimientos cuya esencia no se puede analizar por la diversidad tumultuosa de sus motivos. Pero cuando ese dolor está constituido todo él de remordimiento, y este remordimiento está ligado a una persistente fatalidad, puede esperarse cualquier cosa de este hombre, menos la de sentirse —otra vez y de nuevo— un asesino.
Morán salió afuera.
—Voy a cambiarme, Miguel… —dijo—. Estoy muy mojado.
—Es lo que me parecÃa. Y bueno, don Morán… Ya se va. ¡Y muchas gracias! ¡Roberto! Don Morán se va ya.
Roberto y Etién vinieron a saludarlo, agradecidos.
Bajo la lluvia torrencial que batÃa y hacÃa sonar el pasto como si fuera tierra, Morán galopó hasta su casa. Un pequeño cuadro de luz brillaba bajo el alero del taller. Aureliana no se habÃa acostado aún.