Pasado amor
Pasado amor —Hace media hora, no más… Pero lo ha agarrado la lluvia, don Morán. Si quiere cambiar…
—No es nada. ¿Y doña Asunción?
—Está allá adentro, con la finada. La pobre vieja, don Morán… Ella la querÃa a Alicia más que a nosotros. Pobre mama… Venga, don Morán.
Al entrar en la pieza, Morán pudo haber visto desde el primer instante a Alicia, vestida y muerta en el catre. Pero sólo miró a la desgraciada madre, que sentada sobre un baulito de peón, se hamacaba suavemente de adelante hacia atrás, con las manos entre las rodillas.
No vio entrar a Morán; pero cuando éste le puso la mano en el hombro, levantó la vista y lo reconoció.
Llevándose entonces las manos a la cara:
—Mi hijita, don Morán… —sollozó, como quien pide cuentas.
—Doña Asunción… —pudo sólo murmurar el lamentable individuo.
—Mi hijita, don Morán… Yo siempre te decÃa: don Morán, cásate con ella… Usted pensaba en otra muchacha, ya sé. ¡Mi criatura, tan buena!… Y tanto que lo querÃa a usted, don Morán…
Enjugó sus ojos, y sujetándose con las manos a la de Morán, prosiguió, mientras contemplaba el cadáver de su hija: