Pasado amor

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Morán conocía la sonrisa torpe y tímida con que los mensú tienden la mano a un patrón; pero la actitud de Miguel parecióle esta vez más tímida y torpe que de costumbre, y se contuvo.

—¿Qué hay, Miguel? —preguntó brevemente.

—Quería decirle, don Morán, que Alicia…

Los puños de Morán se cerraron. ¡Todavía!

—… es finada ya.

—Ha muerto… ¿Pero cómo? ¿De qué? —Se envenenó…

Hubo un tremendo silencio. Allá adentro, más allá de la vida presente, Morán sintió como si dos manos truncas sacudieran su corazón —o el sitio donde debía haber estado su corazón—. ¡Pobre, pobre criatura!

—Mama quiere que vaya a verla a Alicia, don Morán…

—¡Pero claro!… ¡Qué cosa bárbara!… —murmuró, condensando en esas tres palabras su anonadamiento ante todo lo que debió y pudo ser evitado. ¡Pobre, pobre criatura!

Un rato después llegaban ambos de un galope a la casa, y Roberto salía al encuentro de Morán, con la misma tímida y forzada sonrisa de su hermano menor.

—Y de ahí, don Morán… Ha visto…

—¡Qué cosa bárbara!… —Sólo acertó a repetir Morán—. ¿Pero cómo ha sido? ¿A qué hora?


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