Pasado amor
Pasado amor Al dÃa siguiente Morán estaba ya de pie al rayar el alba. Al salir el sol regresaba de una recorrida al monte, con los stromboot y el pantalón hasta medio muslo, hechos sopa. Y al sentarse a almorzar a las diez, el taller se hallaba ya en perfecto orden, y las herramientas todas con su filo repasado.
IncreÃble es la ineficacia del tiempo interpuesto entre un hombre y su obra detenida al parecer para siempre en el pasado, si en esa obra el hombre puso todas las fuerzas de su vida. PodÃa Morán haberse ausentado por diez años; podÃa no haber vuelto a sentir ni ver un árbol, un soplo de aire puro, una madrugada, un formón. Colocado de nuevo ante una semilla, una herramienta, Morán debÃa acto continuo escarbar la tierra y buscar con los ojos la piedra de afilar, porque tal era el instinto racial de su naturaleza.
Se comprenderá asà que al caer la noche del segundo dÃa en el paÃs, Morán ensillase su caballo y se encaminara al bar del pueblo a afirmar definitivamente su regreso con charlas sobre cultivos, desmontes, animales, maderas y rozados, que constituÃan la afinidad que ligaba a Morán con los pobladores de IviraromÃ.
Entre sus amigos se contaba Salvador IñÃguez —o de IñÃguez, como se firmaban ellos—, su visitante del primer dÃa. Este muchacho de 22 años, jefe incontestado de su familia, interesaba en particular a Morán por los motivos que se verán a continuación.
