Pasado amor

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Aquel muchacho de veintidós años apenas, alto y elegante como todos los Iñíguez, de color cetrino y cabeza chica, personificaba el aguilucho de entraña insaciable, cuya comprensión del dinero y de los hombres se definía por este aforismo, cierta vez que en su presencia se calificó con un mal nombre una acción suya:

—El honor queda para la familia —había respondido impasible, prosiguiendo su jugada de ajedrez.

No erraba casi nunca en sus planes, a fuerza de tener el alma fría. Decíase que era un tirano al frente de su familia. Mostrábase muy cordial con los plantadores de yerba de la zona, y aun con los allegados a su casta, como jueces de Paz, comisarios, bolicheros, gentes todas que podían un día serle útiles. Pero el aguilucho de presa y sin piedad surgía apenas se solicitaba de él algo que atingiera a su bolsa o a su establecimiento. Los que lo intentaron al principio perdieron la esperanza para siempre.

Morán no se había hallado nunca en este caso; y ya por su modo de ser, ya por respeto a su cultura —imperio éste fatal aun en el fondo mismo de la jungla—, Salvador sentía por Morán un afecto particular, al que el otro correspondía con las reservas del caso.


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