Pasado amor
Pasado amor —Le escribà a su dirección en Buenos Aires —dijo a Morán—, pero no obtuve ni una lÃnea de respuesta…
—SÃ, estaba muy mal en esos dÃas —repuso aquél—. Pero eso no obsta —agregó conciliante— para que sienta un gran gusto al verlo.
—Encantado, Morán. Hemos de hacer todavÃa unos buenos partidos de ajedrez. ¿Y su yerba? Me dicen que la tiene abandonada. —Algo, no mucho…
—¿Es cierto que desde que usted se fue no ha querido que entre machete ni azada en su yerbal?
—Es cierto.
—Me gustarÃa ver el resultado. ¿Se anima a que vayamos mañana a echar una ojeada a su yerba?
—Muy bien; asà veo yo también cómo anda eso —concluyó Morán, agregando para s×: Ahora sé por qué ibas anteayer a saludarme…
Los contertulios del bar no eran gente extraordinaria; pero uno entendÃa de caña de azúcar, otro de abejas indÃgenas, aquél de cacerÃas de monte, el de más allá de guabirobas: especialistas todos en cosas que interesaban a Morán, cuyo principal mérito en estas charlas consistÃa en la profunda y sincera atención que prestaba a su interlocutor, y que concluÃa por abrirle la reserva indÃgena de sus amigos.