Pasado amor
Pasado amor A la tarde siguiente Salvador galopó hasta lo de Morán, y ambos fueron a pie a ver el yerbal ahogado entre una maleza inextricable.
Salvador lo miró todo, apartó con el rebenque los yuyos que ocultaban los troncos, y preguntó a Morán si se hallaba satisfecho de su método.
—Depende —dijo Morán—. Usted tiene apuro en obtener rendimiento de sus plantas; yo no.
—Pero aunque no tenga apuro —observó Salvador— hay un solo modo de cuidar las plantas, y es limpiarlas de la maleza.
—Quién sabe. No siempre el rápido crecimiento en la niñez es síntoma de sana y larga vida —concluyó Morán, echando una ojeada a su plantación.
Salvador nada objetó, como sucedía siempre que Morán encaraba la agricultura con este criterio. No creía en lo que decía Morán, esto va de sí; pero tampoco consideraba perdida su tarde por haberlo oído y haber visto su yerbal.
Volvieron.
—En casa lo estamos esperando —recordó Salvador al despedirse—. Mamá tiene muchos deseos de verlo.
—¿Es cierto que Pablo vuelve de Lima casado? Lo he oído decir anoche —preguntó Morán, sin responder directamente a la invitación de Salvador.
—Sí; lo esperamos a fines de julio. ¿Viene mañana, entonces? Mamá quiere que cene con nosotros.
