Pasado amor
Pasado amor —Aquà está él ahora, ¡dÃselo! —Apoyó Marta.
Magdalena tornó a mirar a Morán con el mismo aire de espantosa sorpresa.
—¡Bueno, hijita! No es menester poner ese aire de espanto… Nada hay de malo, gracias a Dios. Sabrá usted, Morán, que usted es el héroe de mi hija menor. El «hombre perfecto»; ¿no es asÃ, Marta?
—Asà es.
—¡Mamá!… —rogó Magdalena.
—¡Pero criaturica! ¿No te lo hemos oÃdo decir cien veces? ¿A quién has defendido con más calor que a tu gran amigo Morán?
—¿Defendido?… —Alzó éste la cabeza con curiosidad.
Se hizo un brusco silencio. Nadie sonreÃa ya.
—Bueno, mamá, basta de tonterÃas —rompió Salvador—. Si es para esto para lo que deseaban tanto ver a Morán…
Mas la señora:
—¿Y tú, por qué asà ahora? ¡No seas tontico, Salvador! Vivimos aquà abandonados de la mano del Señor, como quien dice, y cuando tenemos un rato de expansión con un amigo tan probado como Morán, sales tú…
—Bueno, mamá. El tonto he sido yo —afirmó Salvador, conciliador. Y tendiendo la frutera a Morán: