Pasado amor
Pasado amor —¿Y usted? —Se volvió Morán a Magdalena—. ¿Usted también la halla rara?
—A mà me gusta mucho —respondió la joven—. Es muy buena.
—Pero no dejarás de reconocer —objetó su hermana— que eso de montar a caballo como hombre es bastante raro.
—Es costumbre de ellos. Y se usa.
—Pero no aquÃ. Y esos borceguÃes, apenas más chicos que los de su marido…
—Yo no sé lo que tengan de malo… Sé que es muy buena con todos y con nosotros.
—Ya está ésta con su bondad —levantó la cabeza Salvador—. Para ella nadie es malo.
La joven se rió cordialmente.
—¿Y yo? —preguntó Morán—. ¿También yo soy bueno?
Bruscamente Magdalena dejó de reÃr, volviendo la mirada con sorpresa a Morán.
La madre y Marta cambiaron entre ellas una guiñada.
—¿Qué le pasa a esta gente? —pensó Morán, fijando con insistencia los ojos en Magdalena.
—¡Anda, hijita! —Se dirigió la señora a su hija menor, animándola, como se alienta a una criatura a decir algo que se sabe hará gracia—: ¡dÃselo tú misma!