Pasado amor
Pasado amor Las lecciones de inglés no habían comenzado. Los libros que aquél llevaba a Magdalena eran apenas comentados por la joven con un: «Es divino, me ha encantado», uniforme para todos. Hasta entonces, Magdalena y Morán no habían hablado aparte medio minuto, pero él sospechaba a qué obedecía el inesperado amor de Magdalena a reuniones y paseos, sin ocultarse tampoco a sí mismo la naciente aurora en que comenzaba a despertar su corazón.
Una de esas noches, como después de retirarse todos Morán se hubiera quedado un rato con la familia, fue sorprendido por el aire de reserva con que Salvador y la señora se sentaron a hablar con él.
Morán contrajo ligeramente el ceño, pero a las primeras palabras de Salvador recobró su impasibilidad habitual.
El motivo era éste: Salvador ponía a disposición de Morán cinco mil plantitas de almácigo, para que aquél prosiguiera su plantación de yerba. A ellos, los Iñíguez, esas cinco mil plantitas no les suponía gran cosa; y para Morán representaban algún valor, pues no tenía almácigos. Un regalo, desde luego.
Morán agradeció como era debido aquella generosidad sin precedentes, pero rehusó. Faltábale tierra preparada, ánimo —dio cualquier pretexto.