Pasado amor
Pasado amor Morán, por su modo de ser, por su amor al trabajo, por sus duras tareas solitarias a la par de cualquier peón, gozaba de simpatías generales en las clases pobres. Conscientes éstas de la distancia que las separaba de Morán, agradecíanle el olvido que hacía de ella. Y en vez de bajar por esto el respeto que se le profesaba, ascendía antes bien en cálido cariño.
En otra época, Roberto y Miguel habían trabajado con Morán en el pequeño yerbal de éste. Conocíanse, pues; y más que nadie en el país, los Hontou estimaban a Morán. No era así de extrañar el inequívoco placer con que Alicia lo veía a su lado.
Ya dos años atrás, la criatura era muy bella. Ahora poseía una seducción casi irresistible, que no dejaba de excitar la altivez de su semblante cuando se sentía mirada. Pero como acontece con frecuencia en rostros semejantes, nada era comparable a su dulzura —dulzura de la boca, de las mejillas, de la sonrisa, de los largos pliegues de los ojos, cuando Alicia sonreía. Acariciaba, se entregaba toda ella en ternura al sonreír. Y era tan vivo el encanto cada vez que el grave rostro de Alicia se deshacía en esta sonrisa, que Morán no oía lo que ella hablaba, por sonreír a su vez.
—Y bueno, don Morán —le estrechó la mano Roberto Hontou, al llevarse ya de madrugada a las chicas—. A ver si lo vemos ahora por casa…