Pasado amor
Pasado amor No podÃa haber pasado inadvertida para Inés la entente de Magdalena y Morán, la célebre noche del banquete; pero era ella demasiado clara en su modo de ser para insinuarse en lo que fuere. Y como Morán nada decÃa, ella nada comprendÃa tampoco.
—No faltaré —respondió Morán a la invitación—. ¿Y Ekdal?
—Se acostó hace un momento. Estaba muy cansado. Ha tenido que preparar desde la mañana no sé cuántos animales…
—No serán cucarachas… —dijo Morán.
—¡Oh! Esta vez no —sonrió Inés.
SonreÃa por lo siguiente: Ekdal encargaba a todos los peones y muchachitos de Iviraromà que le trajeran cuantos animales hallasen. Por cada centenar de cucarachas de monte, por ejemplo, pagaba veinte centavos. Y las cucarachas, abundantÃsimas bajo cada piedra y cada palo podrido del monte, llovÃan a millares —y todas iguales— al chalet del naturalista, el cual pagaba pacientemente con la esperanza de hallar una cucaracha, tal vez la número 10 000 000, cuya especie no estuviera aún catalogada…
Morán se levantó.
—Quédese —le dijo Inés, mirándolo serenamente en los ojos.
—Pero Ekdal duerme…