Pasado amor
Pasado amor El destino no es ciego. Sus resoluciones fatales obedecen a una armonÃa todavÃa inaccesible para nosotros, a una felicidad superior oculta en las sombras, de la que no podemos aún darnos cuenta. Morán habÃa vivido ya largamente, y Magdalena tenÃa 17 años; pero él sentÃa que el destino habÃa abierto un camino para ellos dos solos, y los empujaba por él.
Con esta convicción, en toda la hora del té y del paseo que lo siguió, Morán no perdió su calma ni demostró advertir en lo más mÃnimo el cambio operado en los IñÃguez. Y como querÃa estar convencido del punto justo a que llegaba esa oposición, anunció a la señora su visita —y a la hora de comer, desde luego—, para el dÃa siguiente. Tal como lo hizo.
Pero no fue preciso a Morán más que entrar y echar una ojeada para darse cuenta de que la atmósfera de la casa estaba a su respecto totalmente cambiada.
Al preguntar por Magdalena, se le respondió ligeramente que pronto vendrÃa. Pero el «pronto» llegó apenas a la hora de sentarse a la mesa, cuando Morán no esperaba verla más.
No necesitaron ambos sino cruzar fugazmente sus miradas para sentirse aislados de todo y de todos, en una sola y luminosa esperanza.