Pasado amor

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Morán quedó pensativo. No era la primera vez que ese posible conflicto acudía a su mente. Si para Magdalena, como decía Inés, él era un Dios, para la señora él era el diablo, sin metáfora. Por su carácter, por su áspera libertad, por su cultura, por su falta de creencias, Morán encarnaba para la madre la ciencia y la perdición ateas; esto es, el infierno. Como amigo solamente, pudo algún día haber gozado de todo el favor de la fanática dama; pero muy distinto era ser admitido en la familia, a condenar el alma de todos.

Esto, en cuanto a la señora. Por parte de los aguiluchos, ellos sólo veían en Morán, como posible cuñado, a un individuo al que no podrían imponer su voluntad.

—Sí —reanudó Morán—. También lo he pensado yo, Inés… Pero hay motivos superiores…

—¿Que usted no podría vivir sin ella? ¿No es cierto?

—O sin la esperanza de que fuera mía. ¿Usted sabe lo que es entrever la redención de sí propio y de todos los desalientos que marchitan la vida? Eso es Magdalena para mí.

—Y usted, para ella, el ideal y el fin de su vocación.

—Así lo creo, Inés. —Y agregó esto—: Si Magdalena fuera inteligente, la mitad de usted, Inés, no me habría querido como me quiere.


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