Pasado amor
Pasado amor —¡ExactÃsimo, Morán! —Se echó a reÃr la joven—. Por suerte el corazón y la vida de Magdalena son enteramente suyos… y creo también que desde el momento de nacer. ¿Cree usted en el destino, Morán?
Las lÃneas del rostro de éste se acentuaron.
—Si no creyera en él —repuso—, hace rato me habrÃa apartado del camino de Magdalena.
De las jaulas del zoo surgió Ekdal con un coatà bajo un brazo, y una vÃbora colgada por la cola, del otro.
—Cuando usted tenga tiempo para mà —dijo a Morán—, vamos a estudiar la resistencia del coatà al veneno de las vÃboras. He hecho morder a éste por la yarará que usted ve, hace una hora. Y está, yo creo, tan sano como usted y como yo.
—Con gran placer, Ekdal —asintió Morán—, pero cuando esté más tranquilo. Las serpientes me asustan en estos dÃas.
—Porque está usted construyendo su paraÃso —sonrió Inés. Y al hacerlo echó atrás, como tenÃa ella por costumbre al sonreÃr, su bella y pura frente.