Pasado amor

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Fueron, evitando la humedad del suelo, a sentarse en medio del camino, trillado por el rodar de los carros que en esos días transportaban gajos verdes de yerba.

—No, no tiene usted razón —observó entonces Inés—. Magdalena no ha tenido hasta ahora ocasión de sacar a luz su personalidad. El primer contraste la toma de sorpresa. Deje que se acostumbre a la lucha, que se vea vencida al principio; no importa.

—Pero fue usted misma —no pudo menos que recordar Morán— quien temió por mí.

—Y temo siempre; pero dénos ocasión, a ella y a mí, para la prueba. ¡Es tan oscura y peligrosa entre ustedes la educación de la mujer!

Se detuvo un momento. Luego, fijando de pleno sus ojos en los de Morán:

—¿Usted se da cuenta, verdad, del gran temor de la señora al secuestrar casi a su hija?

—Creo que sí —repuso él brevemente.

—Muy bien. Un instinto de pasión y de sacrificio como el de Magdalena, en el ambiente en que se ha desarrollado, resistiendo violentamente a la deformación, no conoce al lado del hombre amado otro lugar que sus brazos. ¿Y sabe usted ahora lo que yo hacía quince días antes de casarme? Pasar tres días con Halvard, juntos y solos, en una excursión de verano.

—No creo, en efecto, que la señora de Iñíguez consintiera…


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