Pasado amor

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Más de una vez Morán se detuvo frente a la ventana de su idilio, con la loca esperanza de hallar a Magdalena. No la vio nunca; pero oyó en cambio el murmullo resonante con que la señora y sus dos hijas rezaban todas las noches el rosario.

—Inés tiene razón —decíase Morán en estas ocasiones—. La religión no ha tocado el corazón de Magda, pero ha sepultado su voluntad. El día en que deba decidirse entre su madre y yo, estoy perdido.

Muy en breve debía sentir confirmado en parte su temor.

Una mañana llegó Adelfa con dos cartas de Magdalena. En una le anunciaba que dentro de un instante le escribiría por imposición de su madre; en la otra le pedía sus cartas y se despedía de él para siempre. Sin decir una palabra, Morán tendió al emisario las cartas solicitadas en un montón sin orden ni concierto.

Pero a pesar de la advertencia de Magdalena, se sentía disgustado. La religión pesaba de modo abrumador sobre ella. Habíale sugerido ya un doble juego para su salvación: engañarla a su madre con él, y a ambos con su conciencia.

—Tenía usted razón —dijo esa noche a Inés, cuando la hubo enterado de la doble carta.

—Vamos afuera —respondió la joven, sin contestar directamente.


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