Pasado amor
Pasado amor Morán hizo lo indecible esa noche para ver a Magdalena. Montó guardia ante la ventana hasta altas horas, desesperado por verla y besarle las manos. Una sola vez alcanzó a distinguirla cruzando la penumbra. La vigilancia debía ser extrema para que su Magda no se hubiera detenido un instante contra la reja, a mirar las tinieblas. Y ante la evocación de la familia entera en acecho, los ojos y el semblante de Morán se ensombrecieron con sus más duras líneas de batalla. Recordó la palidez de Pablo cuando al día siguiente de ser sorprendido por él, lo detuvo en mitad del camino a devolverle un plano de Salvador. Y al encogerse ahora de hombros, como lo hizo antes, sintió más profundo, tenaz y triunfante su amor por el retoño puro y pasional de aquel viejo árbol carcomido de miserias, de cálculos y fanatismo.
Desde la ventana del taller Morán vio pasar el break que llevaba al puerto a la señora de Iñíguez y sus dos hijas, acompañadas por Salvador. Siguió con los ojos el carruaje que descendía el camino perdiéndose bajo el monte, para reaparecer un instante, cada vez más lejos, en dos claros del bosque. Vio salir el vaporcito, lo vio huir y desaparecer tras la gran restinga del acantilado, y Morán quedó solo, sumido en dulcísima melancolía.