Pasado amor
Pasado amor Mientras se construía su casita de piedra, bajó por unos meses a Buenos Aires, de donde regresó casado a inaugurar su chalet. No podía haber elegido Morán una mujercita más adorable y de mayor incomprensión para la vida que él llevaba y que amaba por sobre todas las cosas. Su matrimonio fue un idilio casi hipnótico, en el que él puso todo su amor, y ella toda su desesperada pasión. Fuera de eso, nada había de común entre ellos. Y como el destino tiene previsiones fatales, cortó aquel idilio al año justo de haberse anudado.
Cuando Lucila había quedado encinta, Morán resolvió llevarla a Buenos Aires, o por lo menos a Posadas. ¡Qué recursos podía ofrecer un lugar como Iviraromí, cuyas comadronas indígenas no hablaban sino guaraní, y rezaban después de 150 años de expulsión jesuítica, sus avemarias en latín!
Lucila se opuso. Lo que afrontaba su marido en su ruda vida de hombre, podía afrontarlo ella también con sus fuerzas de mujer. Morán razonó, rogó —aunque profundamente halagado por el valor de Lucila. Ella resistió, con un entusiasmo y una fe rayanos en el espanto, y el desastre se verificó. Después de quince días de fiebre, letargo y alucinaciones horribles, Lucila abandonaba la vida.