Pasado amor
Pasado amor En Iviraromà las condiciones variaban, pues la tierra de monte y sus grandes reservas de troncos caÃdos en el mismo yerbal, garantizaban por largos años la nutrición de las plantas. Asà y todo, mientras se continuara asfixiando a las yerbas a razón de mil pies por hectárea, mientras se prosiguiera estimulándolas viciosamente por la poda, y agotándolas por el esfuerzo de reposición; mientras se continuara arrancándoles sistemáticamente su vida misma, vale decir sus hojas, sin permitir que una sola de ellas se perdiera en el suelo a tonificar la tierra esquilmada y hambrienta, Morán dudaba de que las infinitas plagas que acompañaban a la extenuación permitieran a yerbal alguno alcanzar los treinta años de vida.
—Éstos son los dioses —decÃa Morán a Ekdal, mientras conversaban sobre el tópico— que velan por el porvenir del joven Salvador. La misma risa que tuvo Pablo cuando usted le habló de prevenir epidemias, la tendrá Salvador cuando se hable de no forzar a sus plantas.
Una de esas tardes, mientras se hallaba Morán en su yerbal, fue arrancado de su tarea por un silbido de Inés, que desde la vera del bosque lo saludaba riendo. Estaba a caballo, con su traje de muchacha del Far-West, detenida ante el alambrado.
—¡Buen dÃa, Morán! ¿Se retiraba ya?
—No.