Fedra

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HIPÓLITO.— Caro Terámenes, deténte y respeta a Teseo. Arrepentido para siempre de los errores de su juventud, no lo retiene ningún obstáculo indigno; hace mucho tiempo que Fedra fijó la fatal inconstancia de sus deseos y no teme ya rival alguna. Al buscarlo cumpliré con mi deber, y huiré de estos lugares, adonde no me atrevo ya a volver los ojos.

TERÁMENES.— ¡Eh! ¿Desde cuándo teméis señor, la presencia en estos apacibles lugares, tan caros a vuestra infancia, y cuyo retiro vi que preferíais al tumulto pomposo de Atenas y de la corte? ¿Qué peligro, o mejor, qué pesar os arroja de ellos?

HIPÓLITO.— Ya no existe aquel tiempo feliz. Todo cambió de rostro desde que los Dioses enviaron a estas playas a la hija de Minos y de Pasifae.

TERÁMENES.— Comprendo: conozco la causa de vuestros dolores. Aquí Fedra os atormenta y mortifica vuestros ojos. Apenas tan peligrosa madrastra os vio, vuestro destierro señaló el comienzo de su predominio. Pero su odio, antes dedicado a vos, o se ha desvanecido o bien se ha debilitado. Por otra parte, ¿qué peligros puede haceros correr una mujer agonizante y que desea morir? Fedra, herida por un mal que ella se obstina en callar, cansada de sí misma y hasta de la luz que la alumbra, ¿acaso puede maquinar designios contra vos?


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