Fedra
Fedra HIPÓLITO.— No es su vana enemistad lo que temo. Hipólito, al partir, huye de otra enemiga; confieso que huyo de esa joven Aricia, resto de una sangre fatal contra nosotros conjurada.
TERÁMENES.— ¡Cómo, señor! ¿También vos la perseguís? ¿Alguna vez la dulce hermana de los crueles Palántidas participó en las conjuras de sus pérfidos hermanos? ¿Y debéis odiar vos sus encantos inocentes?
HIPÓLITO.— Si la odiara no huiría de ella.
TERÁMENES.— ¿Señor, me atreveré a explicarme vuestra fuga? ¿Acaso no seríais ya aquel soberbio Hipólito, enemigo implacable de las amorosas leyes y del yugo que tantas veces sufrió Teseo? ¿Venus, despreciada tanto tiempo por vuestro orgullo, querrá al fin justificar a Teseo, y colocándolos a la altura del resto de los mortales os obliga a incensar sus aras? ¿Acaso amáis, señor?