Fedra
Fedra TERÁMENES.— Ah, señor, si ha llegado vuestra hora, al cielo no le interesan nuestras razones. Al querer cerrároslos Teseo os abrió los ojos; y su odio, irritando un ardor rebelde, otorga a su enemiga un encanto nuevo. En fin ¿por qué espantaros de un amor casto? ¿No osáis probar, si existe alguna dulzura en él? ¿Seréis siempre fiel a vuestro huraño escrúpulo? ¿Tememos extraviarnos en las huellas de Hércules? ¿Qué coraje no ha tomado Venus? Vos mismo, vos que la combatís, ¿dónde estaríais si Antíope, siempre opuesta a sus leyes, no hubiera ardido en púdico ardor por Teseo? ¿Acaso es útil fingir un lenguaje desdeñoso? Confesadlo, todo cambia; y desde hace algún tiempo se os ve con menos frecuencia, salvaje y orgulloso, tan pronto hacer volar un carro en la ribera, o bien, hábil en el arte inventado por Neptuno, volver dócil al freno un corcel salvaje. Menos a menudo resuenan las selvas con nuestros gritos. Cargados de secreto fuego se agravan vuestros párpados. No es posible dudarlo: amáis, ardéis; perecéis de disimulado mal. ¿Pudo agradaros la encantadora Aricia?
HIPÓLITO.— Terámenes, parto para buscar a mi padre.
TERÁMENES.— Señor, ¿no veréis a Fedra antes de partir?