Fedra
Fedra ENONA.— ¡Y bien! Vuestra cólera estalla con razón: me gusta veros estremecer ante ese nombre funesto. Vivid, pues. Que el amor y el deber os animen a ello. Vivid, no permitáis que el hijo de una escita, en tanto agobia a vuestros hijos bajo su odioso imperio, gobierne a la sangre más ilustre de Grecia y de los Dioses. Pero no tardéis, cada minuto os mata. Reparad rápidamente vuestras abatidas fuerzas mientras la llama de vuestros dÃas prontos a consumirse dura aún y puede reanimarse.
FEDRA.— Demasiado prolongué su duración culpable.
ENONA.— ¿Cómo? ¿Qué remordimientos os desgarran? ¿Qué crimen ha podido producir tan premiosa pena? ¿No se habrán manchado vuestras manos con sangre inocente?
FEDRA.— Gracias al cielo, mis manos no son criminales. ¡Ojalá hicieran los Dioses que mi corazón fuera tan inocente como ellas!
ENONA.— ¿Y qué terrible proyecto habéis concebido, de que aún sigue espantado vuestro corazón?
FEDRA.— Ya te he dicho bastante. Ahórrame el resto. Muero para evitarme confesión tan funesta.