Fedra
Fedra ENONA.— ¡Ah, si habéis de sonrojaros, enrojeced por un silencio que agria más aún la violencia de vuestros males! Rebelde ante todo nuestros cuidados, sorda ante todas nuestras razones, ¿queréis implacablemente dejar acabar vuestros días? ¿Qué furor los detiene en mitad de su carrera? ¿Qué encantamiento o qué veneno ciega su frente? Por tres veces las sombras han oscurecido el cielo desde que el sueño no penetra en vuestros ojos, y por tres veces el día ha arrojado a la oscura noche desde que vuestro cuerpo languidece sin alimento. ¿Por qué espantoso designio os dejáis tentar? ¿Con qué derecho os atrevéis a atentar contra vos misma? Ofendéis a los Dioses, autores de vuestra vida; traicionáis al esposo a quien os enlaza la fe; traicionáis hasta a vuestros hijos desventurados, que precipitáis bajo riguroso yugo. Pensad que un mismo día les arrebatará a su madre y devolverá la esperanza al hijo de la extranjera, a ese fiero enemigo vuestro y de vuestra sangre, ese hijo que una Amazona llevó en su vientre, ese Hipólito…
FEDRA.— ¡Ah, Dioses!
ENONA.— Este reproche os conmueve.
FEDRA.— ¡Desgraciada! ¿Qué nombre ha salido de tu boca?