Fedra
Fedra FEDRA.— ¡Dioses! ¡Asà estuviera yo sentada a la sombra de los bosques! ¿Cuándo podré, a través de un noble torbellino, seguir con la vista un carro que huye en la carrera?
ENONA.— ¿Cómo, señora?
FEDRA.— ¡Insensata! ¿Dónde estoy? ¿Y qué he dicho? ¿Dónde dejo extraviar mi espÃritu y mis deseos? Perdà la razón: los Dioses me la arrebataron. Enona, el rubor me abrasa el rostro; demasiado permito que veas mis vergonzosos dolores; a mi pesar, los ojos se me llenan de lágrimas.