Fedra
Fedra ARICIA.— Atónita y confusa de cuanto oigo, temo casi, temo que un sueño me engañe. ¿Estoy despierta? ¿Puedo creer en semejante designio? ¿Qué dios, señor, qué dios lo puso en vuestro pecho? ¡Que en todas partes germine vuestra bien ganada gloria! ¡Cómo supera la verdad al renombre! ¿Queréis traicionaros vos mismo en favor mío? No es suficiente que no me hayáis odiado, que durante tan largo tiempo hayáis podido proteger vuestra alma de esta enemistad…
HIPÓLITO.— ¿Odiaros yo, señora? Por más sombríos colores con que hayan pintado mi orgullo ¿creéis que un monstruo me ha llevado en su seno? ¿Qué costumbres salvajes, que odio endurecido, podrían veros sin endulzarse? ¿Pude yo resistir al engañoso encanto…?
ARICIA.— ¿Cómo Señor?