Fedra

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HIPÓLITO.— Me he comprometido demasiado. Veo que la razón cede a la violencia. Señora, puesto que he comenzado a romper el silencio, preciso es que continúe: preciso es que os informe de un secreto que mi corazón no puede ya guardar. Tenéis delante a un príncipe digno de compasión, ejemplo famoso de temerario orgullo. Yo, rebelado con violento orgullo contra el amor, que tanto tiempo insulté los hierros de sus cautivos, que lamenté los naufragios de los débiles mortales y pensé siempre contemplar desde la costa sus tormentas, ¡con qué turbación me veo ahora sometido a la ley común, arrastrado fuera de mí mismo! Un instante ha vencido mi imprudente audacia: esta alma tan llena de soberbia cesó de ser libre. Desde hace más de seis meses, avergonzado, desesperado, llevando a todas partes el dardo que me desgarra contra vos y contra mí en vano me agito: presente, os huyo; ausente, os encuentro; hasta en el fondo de los bosques me persigue vuestra imagen; la luz del día, las sombras de la noche, todo reproduce a mis ojos los encantos que evito; todo os entrega a discreción al rebelde Hipólito. Como único fruto de mis inútiles precauciones, yo mismo me busco ahora sin encontrarme. Mi arco, mis jabalinas, mi carro, todo me molesta; no recuerdo ya las lecciones de Neptuno; sólo mis gemidos hacen resonar las selvas, mientras olvidan mi voz mis ociosos corceles. Acaso la confesión de un amor tan salvaje haga que os sonrojéis de vuestra obra al escucharme. ¡Qué plática feroz para un corazón que se ofrece! ¡Qué extraño cautivo para tan dulce lazo! Pero por eso mismo debe ser más preciosa a vuestros ojos la ofrenda. Pensad que os hablo en un lenguaje que me es extraño, y no rechacéis deseos mal expresados que Hipólito sin vos no hubiera concebido nunca.


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