Fedra

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FEDRA.— Sí, príncipe, languidezco, ardo por Teseo. Yo lo amo, no tal como lo han visto los infiernos, versátil adorador de mil mujeres que va a deshonrar el tálamo del dios de los muertos, sino fiel, orgulloso y hasta un poco feroz, joven, encantador, llevándose tras de sí los corazones, tal como describen a nuestros Dioses o como a vos os veo. Tenía vuestro porte, vuestro lenguaje, vuestros ojos, el mismo noble pudor coloreaba su frente, cuando atravesó las olas de nuestra Creta, digno objeto del amor de las hijas de Minos. ¿Qué hacíais vos entonces? ¿Por qué reunió él, sin Hipólito, a la flor de los héroes de Grecia? ¿Por qué no pudisteis vos, todavía muy joven, entrar en el navío que lo condujo a nuestras costas? A vuestras manos hubiera perecido el monstruo de Creta a pesar de todos los rodeos de su vasta guarida. Para aclarar su inextricable confusión, mi hermana hubiera armado vuestra diestra con el hilo fatídico. Pero no, yo me hubiera adelantado a su proyecto: el amor me hubiera inspirado antes esa idea. Yo, príncipe, yo hubiera sido la que con su eficaz concurso os hubiera enseñado las vueltas del Laberinto. ¡Cuántas preocupaciones me hubiera costado esa cabeza encantadora! Ni un hilo hubiese bastado para tranquilizar a vuestra amante. Compañera del peligro que debíais buscar, hubiera querido marchar delante de vos yo misma; y, descendiendo con vos al laberinto, Fedra se hubiera perdido con vos o con vos triunfado.


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