Fedra

Fedra

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TESEO.— ¿Qué veo? ¿Qué horror, esparcido en estos jugares, hace huir desatinada a mi familia ante mi presencia? Si regreso tan temido y tan poco deseado, ¿para qué me sacaste de mi prisión, oh cielo? Yo no tenía más que un amigo. Su imprudente deseo iba a raptar la esposa del tirano del Epiro serví a mi pesar sus amorosos planes; pero la suerte irritada, nos cegó a ambos. Sorprendióme el tirano indefenso y sin armas. He visto a Píritoo, triste objeto de mi llanto, entregado por ese bárbaro a monstruos crueles a los que nutría con sangre de los desdichados hombres. A mí mismo me encerró en cavernas oscuras, profundos lugares próximos al imperio de las sombras. Por fin, después de seis meses, me miraron los Dioses: pude engañar los ojos de mis guardianes, libré a la naturaleza de un pérfido enemigo, y él mismo sirvió de pasto a sus monstruos. Pero cuando pienso aproximarme con transporte a todo cuanto los Dioses me dejaron de más querido ¿qué digo?, cuando mi alma, devuelta a sí misma, viene a saciarse en tan cara contemplación, no hallo por toda acogida más que estremecimiento, todo huye, todo rechaza mi abrazo. Y yo mismo, experimentando el terror que provoco, quisiera estar aún en las prisiones del Epiro. Hablad, Fedra se queja de que he sido ultrajado. ¿Quién me traicionó? ¿Por qué no he sido vengado? La Grecia, a quien mi brazo sirvió tantas veces, ¿acordó algún asilo al criminal? No me respondéis. ¿Está mi hijo, mi propio hijo, de acuerdo con mis enemigos? Entremos. Esto es prolongar demasiado una duda que me agobia. Conozcamos a la vez el crimen y el culpable. Que Fedra explique en fin, la turbación en que la veo.


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