Fedra
Fedra HIPÓLITO.— Yo no la he buscado: fuisteis vos quien dirigisteis sus pasos hacia estas playas. Al partir, señor, os dignasteis dejar a la Reina y a Aricia en las costas de Trecene. Yo mismo quedé encargado de cuidarlas. ¿Pero qué deberes pueden retenerme desde ahora? Bastante ya mi juventud ociosa ha mostrado en los bosques su destreza contra enemigos viles. ¿No podría yo, huyendo este indigno reposo, teñir mis jabalinas con más gloriosa sangre? Vos no habíais alcanzado aún mi edad, y ya más de un tirano, más de un monstruo feroz, sentían el peso de vuestro brazo. Ya, feliz perseguidor de la insolencia, habíais limpiado las costas de dos mares. Dejó de temer asechanzas el libre viajero, Hércules, confiado en el eco de vuestras hazañas, ya descansaba de su trabajo en vos. Y yo, hijo desconocido de tan glorioso padre, estoy lejos todavía hasta de las huellas maternas. Permitid que ose por fin utilizar mi valor. Permitid que, si algún monstruo pudo escaparos, traiga yo a vuestros pies sus honrosos despojos, o que la imperecedera memoria de una hermosa muerte, eternizando días tan noblemente acabados, pruebe ante el mundo entero que era yo vuestro hijo.