Fedra
Fedra TESEO.— ¡Ah! ¡Aquí está, oh Dioses! ¿Qué ojos no se hubieran engañado como los míos ante esa noble presencia? ¿Debe brillar el sacro carácter de la virtud sobre la frente de un profanador adúltero? ¿No debería reconocerse, por seguros signos, el pérfido corazón de los hombres?
HIPÓLITO.— Señor, ¿puedo preguntaros qué funesta nube ha podido perturbar vuestro augusto semblante? ¿No osáis confiar ese secreto a mi fidelidad?