Fedra
Fedra TESEO.— Pérfido, ¿y osas comparecer ante mí? Monstruo a quien por demasiado tiempo perdonó el rayo, resto impuro de los bandidos de que purgué la tierra, ¿después de haber llegado hasta el lecho de tu padre con el furor de los transportes de un amor horrendo te atreves a mostrar tu enemiga cabeza, te presentas en los lugares impregnados de tu infamia, en vez de ir a buscar, bajo desconocidas miradas, países adonde no haya llegado aún mi nombre? Huye, traidor. No desafíes mi odio, ni tientes un enojo que retengo apenas. Me basta con el eterno oprobio de haber podido engendrar tal hijo, sin que además tu muerte, vergonzosa para mi recuerdo, manche ahora la gloria de mis nobles actos. Huye; y si no quieres que un castigo inmediato te añada a los miserables que castigó esta mano, cuídate de que jamás el astro que nos ilumina te vea asentar en este sitio un pie temerario. Huye, te digo; y apresurando tus pasos sin regreso, libra a todos mis Estados de tu horrible presencia. Y tú, Neptuno, tú, si mi valor limpió antaño tus riberas de infames asesinos, acuérdate de que como premio a mis felices trabajos prometiste realizar el primero de mis deseos. Durante los largos rigores de una cruel prisión yo no lloré tu inmortal poderío. Avaro del socorro que de ti espero, mis ansias te han guardado para menester más grave. Hoy te imploro. Ven a un padre desgraciado. Abandono este traidor a tu íntegra cólera; ahoga en su sangre sus descarados deseos: Teseo reconocerá tu bondad en tus furores.