Fedra
Fedra FEDRA.— Señor, vengo a vos, llena de justo horror. Llegó hasta mà vuestra voz temible. Perdonad a vuestra raza, si aún es tiempo. Temo que a la amenaza haya seguido un pronto desenlace. Respetad vuestra sangre, me atrevo a suplicároslo. Salvadme del espanto de oÃrla gemir; no me preparéis el eterno dolor de haberla hecho derramar por las manos paternas.
TESEO.— No, señora, mi mano no se ha mojado en mà sangre; pero no por ello escapará de mà el ingrato. Una mano inmortal se encarga de perderlo. Neptuno me lo debe y quedaréis vengada.
FEDRA.— ¡Neptuno os lo debe! ¡Qué! Vuestros irritados votos…
TESEO.— ¡Qué! ¿Teméis ya que sean escuchados? UnÃos más bien a mis legÃtimos ruegos. Recordadme tus crÃmenes en toda su negrura. Exaltad mis transportes demasiado lentos, demasiado retenidos. TodavÃa no conocéis todos sus crÃmenes: su furor se expande en injurias contra vos: vuestra boca, según él, está llena de imposturas; sostiene que Aricia es dueña de su corazón y de su fe, que la ama.
FEDRA.— ¿Cómo, señor?
TESEO.— Lo ha afirmado ante mÃ. Pero sé rechazar un frÃvolo artificio. Esperemos en la rápida justicia de Neptuno. Yo mismo voy ahora al pie de sus aras, para instarlo a que cumpla sus inmortales juramentos.
