Fedra
Fedra ENONA.— Oh, desechad señora, terror tan injustificado. Mirad vuestro excusable error con otros ojos. Vos amáis; y es imposible vencer al propio destino. Fuisteis arrastrada por un fatal sortilegio. ¿Acaso es esto prodigio desconocido entre nosotros? ¿El amor no ha triunfado todavÃa más que sobre vos? Mortal, sufristeis la suerte de los mortales. Demasiado natural es la debilidad de los hombres. Os quejáis de un yugo impuesto desde hace largo tiempo: los Dioses, los mismos Dioses, habitantes del Olimpo, que espantan los crÃmenes con ostentación tan tremenda, han ardido alguna vez con fuegos legÃtimos.