Fedra

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FEDRA.— ¿Qué oigo? ¿Qué consejos se atreven a darme? ¿Así, quieres, pues, envenenarme hasta lo último, desdichada? Mira cómo me has perdido. Cuando yo escapaba, fuiste tú quien me entregaste. Tus ruegos me hicieron olvidar mi deber. Evitaba a Hipólito, y tú lo pusiste ante mi vista. ¿De qué te encargabas? ¿Por qué tu limpia boca osó, acusándolo, ennegrecer su vida? Quizás morirá por ello, y quizás fue concedido ya el ruego sacrílego de un padre insensato. No te escucho más. Vete, monstruo execrable: ve, déjame el cuidado de mi deplorable suerte. ¡Pueda dignamente pagarte el cielo, y pueda tu suplicio espantar por siempre a cuantos como tú, con mañas cobardes, fomentan las flaquezas de los desdichados príncipes, los empujan por la pendiente donde resbala su corazón, y osan facilitarles el camino del crimen, aduladores detestables: que son el más funesto presente que la cólera de los cielos haya podido hacer a los reyes!

ENONA.— (Sola). ¡Ah, Dioses! Por servirla lo hice todo, todo lo abandoné; ¿y éste es el premio que recibo? Bien me lo merezco.





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