Fedra

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HIPÓLITO.— No, no, tengo demasiado interés en vuestra reputación. Me trae ante vos un designio más noble: huid de mis enemigos siguiendo a vuestro esposo, libertados por nuestras desdichas, ya que lo ordena el cielo, la entrega de nuestra fe no depende de nadie. No siempre el himeneo está cercado de antorchas. A las puertas de Trecene y entre aquellas tumbas, sepulcros antiguos de los príncipes de mi raza, existe un sagrado templo, terrible ante los perjuros. Allí los mortales no se atreven a jurar en vano; el pérfido recibe en él un inmediato castigo; y, temiendo encontrar una muerte inevitable, la mentira no conoce más temible freno. Allí, si me creéis, iremos a confirmar el juramento solemne de un imperecedero amor; tomaremos por testigo al dios que allí se adora, rogándole ambos que nos sirva de padre. Yo invocaré a los más sacros Dioses, la casta Diana y la augusta Juno, y todos los Dioses, en fin, testigos de nuestra ternura, garantizarán la fe de mis santas promesas.

ARICIA.— Viene el Rey. Príncipe, huid, partid enseguida. Me quedaré aquí un momento para ocultar mi marcha. Id, y dejadme algún guía fiel que conduzca hasta vos mis tímidos pasos.




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