Fedra
Fedra ARICIA.— ¡Ay, señor! ¡Qué dulce me serÃa tal destierro! Olvidada del resto de los mortales ¡en medio de qué dulzura vivirÃa ligada a vuestra suerte! Pero no estando unidos por aquel dulce lazo ¿puedo huir con honor en vuestra compañÃa? Sé que puedo libertarme de las manos de vuestro padre sin faltar al honor más severo: esto no es escapar del seno de los mÃos; la fuga es permitida a quien huye de sus tiranos. Pero vos me amáis, señor y mi modestia alarmada…